El reino de Topo
Sucedió entonces, que el gigante comerrocas, Pyernrajzark,
les ofreció llevarlos a la Torre de Marfil. Los tres
mensajeros
aceptaron con gusto. Emprendieron su camino y, mientras
atravesaban el bosque que los conduciría hasta la Emperatriz Infantil ,
advirtieron unas extrañas formas que
despedían luces de colores. Las luminosas formas comenzaron a correr tras
ellos. A pesar de que los mensajeros desconocían el motivo por el
cual eran perseguidos, comenzaron a correr a toda prisa. Y aunque conocían el
camino, el exceso de luz les dificultaba encontrar una salida. Finalmente, Pyernrajzark,
Blubb, Úckuck, y Vúschvusul fueron alcanzados por aquellos extraños seres
y conducidos hacia un fuerte aéreo que estaba ubicado encima de la Nada. Esta fortaleza consistía
en una inmensa capa de roca de forma rectangular, que estaba sostenida por hélices.
Tenía cuatro torres de defensa, distribuidas en cada uno de sus ángulos. Hasta
el momento, nadie había logrado conocer la fortaleza y volver para contarlo.
Sus guardias eran feroces cocodrilos.
Su rey era Topo. Debido a su ceguera, tenía que evitar
cualquier tipo de contacto con la luz solar, ya que ésta le produciría daños
irreparables.
Los mensajeros fueron llevados a una plataforma de hierro.
Allí se presentó el rey Topo, quien les habló de esta manera:
–Sé que desean llegar hasta la Torre de Marfil para
informar a la Emperatriz Infantil
lo que está pasando. Pero ya no podrán continuar, hasta aquí han llegado. Sólo
tienen dos opciones: convertirse en mis esclavos o, de lo contrario, ser
arrojados a la Nada.
Los cuatro se miraron, apenados. Comprendían que ése era
su fin, que ya no podrían llegar a la
Torre de Marfil, que nunca alcanzarían a la Emperatriz Infantil.
–Es ¡huyhuy!
nuestro fin –exclamó el silfo nocturno.
Los cuatro sabían que no aceptarían convertirse en
esclavos y, casi sin darse cuenta, respondieron todos juntos:
–Preferimos la
Nada.
Inmediatamente fueron conducidos por los cocodrilos hacia
el borde mismo de la Nada.
Era una sensación muy extraña, como si uno olvidara lo que estaba pensando.
El deseo de saltar era, extrañamente, irresistible. El rey dio la orden. Debían
saltar. Saltaron.
De repente, se sintió un aleteo seguido de una gran ráfaga
de viento. Se trataba de una figura muy extraña, que se
aproximaba hacia los mensajeros. Su cuerpo era el de un
niño, pero lo extraño era que sobre sus espaldas cargaba
con unas enormes alas doradas. Fue en ese momento en
que los cuatro mensajeros se arrojaron a la Nada.
–Nunca imaginé que la Nada
pudiera ser tan cómoda
murmuró el diminutense.
Fue en ese momento cuando descubrieron que sus cuerpos
descansaban sobre cálidas plumas doradas. El extraño ser,
mitad niño, mitad pájaro, los había salvado. Ahora
sobrevolaban la Nada
a toda velocidad.
– ¿Quién eres? – preguntó Fuego Fatuo.
–Mi nombre es Sonic y mi misión es auxiliar a todos
los mensajeros que corran peligro en su camino hacia la
Torre de Marfil. La Nada
se expande día a día, y los peligros
son muchos. Los llevaré hacia la
Cueva de los Cristales. Allí
podrán recuperar energías para poder seguir adelante.
Y así fue que, tras un largo viaje, llegaron a la cueva, donde
los esperaban los hombres de cristal, conocidos como los
azulinos. De la cueva colgaban estalactitas en variados
tonos de azul. Sobre una gran mesa de color celeste
apareció un gran banquete para los mensajeros, quienes
bebieron y comieron cuanto quisieron.
Los azulinos habían preparado una habitación para los
huéspedes. Los acompañaron hasta allí, no sin antes
advertirles de los posibles temblores nocturnos . La Nada
ocupaba cada vez más espacio, y esto hacía que e n las
cuevas hubiera temblores nocturnos.
Así pasaron la noche los
cuatro amigos, entre sonidos de estalactitas y temblores.
Al despertar, sintieron un sol brillante sobre sus
rostros. El celeste de la habitación se había convertido en un verde intenso.
Inexplicablemente, se encontraban en el Bosque de Haule. Pero esa es otra historia
y debe ser contada en otra ocasión.
Muy bien, Lorenzo!
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