El día 30 de marzo del año 3000 era un día como cualquier
otro, pero no para mí. A las tres de la tarde debía estar en el museo
Tecnópolis, ya que inaugurarían una nueva sección “Viaje en el tiempo”.
Fui el primero en llegar. Me acerqué a la sala y me
impresioné al descubrir la gran máquina que se hallaba frente a mis ojos. Sin dudarlo,
atravesé la cinta roja con una habilidad extraordinaria y logré evadir a los
guardias de seguridad. Las escalinatas y el círculo azul me indicaban la
entrada y me interné en la máquina.
Conocía de memoria su funcionamiento, por lo que me resultó
muy fácil transportarme. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba allí…sentado
en una de las gradas del Coliseo Romano.
De pronto, un sonido ensordecedor invadió el anfiteatro. Era
el sonido del cuerno que daba comienzo a la batalla. La lucha estaba por
comenzar, pero un hecho inesperado sucedió. Los ojos del emperador se fijaron
en mí. Quise escapar, pero ya era demasiado tarde. Dos guardias me tomaron por
la espalda y me arrastraron al centro mismo del anfiteatro. Una vez en la
arena, me entregaron una armadura y una espada. El cuerno comenzó a sonar
nuevamente; la batalla, ahora sí, había comenzado.
Con una habilidad sorprendente, mi adversario me enfrentó
durante un tiempo infinito e interminable. De no haber sido por la armadura, no
podría contar esta historia…Los espectadores alentaban el combate.
Lo que sucedería después, lo sabía a través de las películas.
El público decidiría si el vencedor
mataría a su adversario mediante un simple movimiento de pulgar.
De pronto, el Coliseo enmudeció. Los pulgares inclinados
hacia abajo indicaban que mi fin había llegado.
El sol del mediodía se reflejaba en nuestros escudos, que
parecían derretirse, al igual que nuestros cuerpos. El tiempo se detuvo por un
instante. La suerte estaba echada.
Mi adversario tomó la espada pero, increíblemente, estiró su
brazo y me la entregó, mientras me miraba fijamente. El público estaba
confundido y yo, también. Creí conocer esa mirada, y una guiñada de ojo me lo
confirmó. Era el mismísimo profesor Mc. Xugan, creador de la máquina del
tiempo. Las palabras no fueron necesarias, en ese momento entendí todo.
Nos echamos a correr sin girar la vista atrás; los guardias
nos perseguían. Ya sin el peso de las armaduras nos internamos en el bosque…
Desorientado, me limité a seguir al profesor.
—El tiempo se acaba— exclamó el profesor.
—No tengo más fuerzas— balbuceé, agitado.
—Debemos encontrar la máquina antes de que sea demasiado
tarde— gritó Mc Xugan.
Las escalinatas y el círculo azul aparecieron ante nuestros
ojos. Estábamos salvados. No sabría precisar cuánto tiempo duró el viaje pero,
increíblemente, el círculo azul se desintegró.
Aparecimos en el centro del museo, con el público expectante
por la inauguración. Los aplausos eran ensordecedores pero, sin duda; el
recibimiento nos enorgullecía.
— ¡Lo hemos logrado! — murmuramos al unísono.
Muy bien, Lorenzo!
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