viernes, 24 de agosto de 2012

Un día distinto



El día 30 de marzo del año 3000 era un día como cualquier otro, pero no para mí. A las tres de la tarde debía estar en el museo Tecnópolis, ya que inaugurarían una nueva sección “Viaje en el tiempo”.
Fui el primero en llegar. Me acerqué a la sala y me impresioné al descubrir la gran máquina que se hallaba frente a mis ojos. Sin dudarlo, atravesé la cinta roja con una habilidad extraordinaria y logré evadir a los guardias de seguridad. Las escalinatas y el círculo azul me indicaban la entrada y me interné en la máquina.
Conocía de memoria su funcionamiento, por lo que me resultó muy fácil transportarme. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba allí…sentado en una de las gradas del Coliseo Romano.
De pronto, un sonido ensordecedor invadió el anfiteatro. Era el sonido del cuerno que daba comienzo a la batalla. La lucha estaba por comenzar, pero un hecho inesperado sucedió. Los ojos del emperador se fijaron en mí. Quise escapar, pero ya era demasiado tarde. Dos guardias me tomaron por la espalda y me arrastraron al centro mismo del anfiteatro. Una vez en la arena, me entregaron una armadura y una espada. El cuerno comenzó a sonar nuevamente; la batalla, ahora sí, había comenzado.
Con una habilidad sorprendente, mi adversario me enfrentó durante un tiempo infinito e interminable. De no haber sido por la armadura, no podría contar esta historia…Los espectadores alentaban el combate.
Lo que sucedería después, lo sabía a través de las películas. El público decidiría  si el vencedor mataría a su adversario mediante un simple movimiento de pulgar.
De pronto, el Coliseo enmudeció. Los pulgares inclinados hacia abajo indicaban que mi fin había llegado.
El sol del mediodía se reflejaba en nuestros escudos, que parecían derretirse, al igual que nuestros cuerpos. El tiempo se detuvo por un instante. La suerte estaba echada.
Mi adversario tomó la espada pero, increíblemente, estiró su brazo y me la entregó, mientras me miraba fijamente. El público estaba confundido y yo, también. Creí conocer esa mirada, y una guiñada de ojo me lo confirmó. Era el mismísimo profesor Mc. Xugan, creador de la máquina del tiempo. Las palabras no fueron necesarias, en ese momento entendí todo.
Nos echamos a correr sin girar la vista atrás; los guardias nos perseguían. Ya sin el peso de las armaduras nos internamos en el bosque… Desorientado, me limité a seguir al profesor.
—El tiempo se acaba— exclamó el profesor.
—No tengo más fuerzas— balbuceé, agitado.
—Debemos encontrar la máquina antes de que sea demasiado tarde— gritó Mc Xugan.
Las escalinatas y el círculo azul aparecieron ante nuestros ojos. Estábamos salvados. No sabría precisar cuánto tiempo duró el viaje pero, increíblemente, el círculo azul se desintegró.
Aparecimos en el centro del museo, con el público expectante por la inauguración. Los aplausos eran ensordecedores pero, sin duda; el recibimiento nos enorgullecía.
— ¡Lo hemos logrado! — murmuramos al unísono.

viernes, 3 de agosto de 2012

El secreto del Nautilus


— ¡Al fin! Muchos lo han intentado, pero solo yo lo he logrado— gritó Nemo, plantando su bandera.

—Así es, capitán Nemo, ya llegamos al Polo Sur. ¡Este lugar es verdaderamente increíble! —exclamó Aronnax.

-Ha alcanzado su objetivo, entonces…ya podemos marcharnos-balbuceó Conseil, tiritando por el frío.

—No todavía. Los dejaré regresar solo si prometen guardar el secreto del Nautilus.— dijo, desafiante, el capitán.

—Así lo haremos- respondieron los prisioneros.

— Debemos marchar lo antes posible si queremos escapar del equinoccio de otoño.—señaló Conseil.

—Ya son libres, pero nunca olviden nuestro pacto- concluyó Nemo.